Sombras y certidumbres

    Lo bueno de los sueños es que a veces se cumplen. Eso es lo que dicen. De hecho, no nos engañemos, se cumplen siempre, ya sean sueños o pesadillas.

    La primera vez que probé una botella de syrah, no me gustó nada. Como había gran ruido de fondo (internet, amigos) sobre el concepto de “un buen syrah”, me lo tomé casi como una cuestión personal entender el porqué y me esforcé en buscar buenas botellas: afinadas, delicadas, preguntando a los que saben. Aquellas me sorprendieron y me gustaron. Y aunque ya quedé convencido de que es una variedad fantástica, se me quedó grabada esa conducta (¿acaso las conductas no son sino traumas no superados?) y desde hace tiempo cada vez que veo un syrah, la botella se me representa como una gran tentación que no debo dejar escapar, preguntándome si esa botella que tengo entre manos, de esa variedad, una vez maldita, me fascinará.

    Si añado que nunca un vino de USA me sorprendió positivamente, cuando en el supermercado de la esquina vi una linda botella de syrah, monovarietal, del estado de Oregon, por 30 dólares, unos 23 euros, me dije, no puedes dejar escapar una pesadilla como esta.




    Lo primero que sorprende es la estética. Simple, perfecta, posiblemente la botella más bonita que he comprado. Y el nombre del vino, “Ex umbris”, refiriéndose a la frase “Ex umbris et imaginibus in veritatem”, que libremente traduzco como, “fuera de las sombras y los sueños, yaciendo en la verdad”. No podemos empezar mejor.
   
    Otros detalles que observé de esta botella antes de beberla es que se la uva se recolectó en Columbia Valley por Owen Roe en 2010, que se consiguió una graduación de 14.2% y que un discreto lacrado negro cubre corcho. Sorprende que se prescinda de la incómoda cápsula de metal en el cuello de la botella. De nuevo, simplicidad perfecta.
   
    Abrimos. En copa tiene capa media alta, cereza picota, ribete granate. La nariz es potente, frutos negros ya desde lejos de la copa, cueros y maderas al acercarnos. Al agitar la copa, aparecen cacaos, mineralidad y humo. Intensidad muy alta en nariz.

    En boca es estructurado, astringente y caliente. Picante. Sí, picante, es la primera vez que escribo este calificativo de un vino. Es menos intenso en el paladar que en nariz. Se hacen presentes las maderas, la complejidad. El roble se transforma en ciruelas maduras. Aparecen los frutos negros de nuevo. Postgusto largo, con toques ácidos y amargos.

    Empiezo a pensar que se trata de una alternativa perfecta y compleja a un buen rioja moderno. Una alternativa más negra, dulzona y ahumada.
   
    Tras diez minutos abierto, en la segunda copa, escribo: “dulce en la entrada, luego ácido, caliente, equilibrado. Ahumado y amargo, postgusto seco, amargo y astringente. Madera intensa, (¿rioja? no, es bien diferente...). Pimienta negra, dulce”.

    Tras media hora, con la botella abierta, más aireada, se convierte en mucho más fácil de beber. Es más balsámico, rico, equilibrado. Los toques de acidez se convierten en frutos rojos. Aromático, dulce y mucho más suave que al principio. Se domestica hacia un equilibrio perfecto de balsámicos y dulces.

    Así que está claro que una decantación hará el disfrute de este vino más cercana. Media hora. 


    Al día siguiente fui a comprar otra botella. Posiblemente el mejor syrah que he probado nunca. Convirtiendo sombras en certezas.


Burbujita Freixenet
adrianlopezgarciadelomana arroba gmail punto com

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