Lies (Capítulo III. Primer martes)



Rob llegó media hora tarde a la cita de la semana. Su aspecto era un tanto descuidado y parecía 
que su ropa estaba más que usada…
 
- ¿Que ha pasado Rob?

Se mostraba nervioso y huidizo, se sentó sin quitarse la chaqueta.

- ¿Podemos empezar?

- Sí...claro.... Contesté titubeante. Pero antes explícame el motivo de tu tardanza, hay pacientes 
después de ti que tendrán que esperar. ¿No querías venir?

- No es eso! Simplemente que me han entretenido...

- Bien…, pues empecemos. ¿Qué tal ha ido esta semana?

- Bien! Ya te dije que era mi hermano el que se ha encaprichado de que venga a hablar contigo.

- ¿Y tu por que sigues viniendo? 

Esa mañana me había arreglado especialmente, tenía ganas de sentirme guapa.  
Me maquillé y peiné con cuidado para que el pelo me cayera encima de los hombros de una manera 
graciosa. 

Me había puesto una falda negra por encima de la rodilla y una blusa fucsia de raso que dejaba 
entrever el escote...el mismo escote que ahora Rob estaba mirando.

- ¿Me oyes Rob? 

- ¿Cómo dices?...

- (suspiré) Te pregunto que por que vienes si crees que no lo necesitas.

- Pues para que no me de la brasa ese pesado! Ya te dije que para él era fácil hablar desde su 
vida perfecta.

Su hermano era dos años mayor que él, y siempre había tenido una vida más...calmada, 
podríamos decir. Se había licenciado en Económicas por la Universidad de Stanford sacando un nueve y medio
de media y allí también conoció a la que ahora es su esposa, se compraron una casita en un barrio 
acomodado y tuvieron dos niños. Fin de la história.

- ¿Envidias la vida de tu hermano?

- Para nada! ¿Para que quiero yo esa vida aburrida?

- No lo se...noto cierto aire en tu voz.

- Pues te equivocas! Su puño cerrado se topo con la mesa en un ademán de reafirmar lo que decía.

Hice un silencio de algunos segundos mientras intentaba que mi presión arterial bajase 
a niveles normales...el golpe en la mesa había sido fuerte y no pude dejar de recordar el incidente 
con un paciente que dos años atrás había empujado mi mesa hasta que me aplastó contra la pared.

- ¿Quieres continuar?

- No, mejor me voy y si eso...ya te llamo.

Salió por la puerta con desaire pero su mirada expresaba otra cosa, aún no sabia que.

Tomé cuatro notas de la sesión y abrí la puerta para que pasase el siguiente paciente, como Rob 
se había marchado antes de lo previsto, el tiempo de espera volvía a estar normalizado. 
 
A las  nueve de la noche salí de la consulta y me dirigí al bar de Jack, solo entrar le vi mirarme i 
girase a coger la botella de ron...en el fondo me gustaba que ese hombre con el que solo había 
cruzado dos palabras cada vez, sabia más de mis gustos que mi ex marido en 10 años. 

Me senté en una punta de la barra, siempre la misma, los habituales nos la repartíamos respetando 
los puestos de los otros. 

La música de Janis Joplin sonaba de fondo, me encantaba esa mujer despeinada y delgada que 
vivía con pasión sus canciones…hizo lo mismo con su vida.
Llevaba ya medio vaso vacío cuando la puerta del bar se abrió, por costumbre todo el mundo se solía 
girar para ver quien entraba en ese momento. Rápidamente mi cerebro hizo lo que tenía que hacer
 entrenado en el método Gestald, reconstruyo sus rasgos y sus movimientos, de los trozos apareció
 la figura completa, era Rob. 
Mi estomago se hizo pequeño ante la imagen, y más aún cuando esta se dirigía hacia mi.
Cruzó el bar con rumbo fijo esquivando cada uno de los obstáculos que se anteponían en su camino. 
Le miraba fijamente y a  medida que se acercaba parecía que mi corazón había entrado en modo aceleración…
Llegó finalmente a un metro de mi, cogió el taburete y se sentó.
 
- Un whisky doble con un solo cubito de hielo. – espetó al camarero, el cual parecía sorprendido también por la
 entrada de Rob. 
 
Jack sirvió a Rob, este vació de un solo trago medio vaso…giró su mirada hacia mi y me la clavó hasta las 
entrañas.
Cogí mi bolso y me levanté dispuesta a irme y dejar esa situación tal y como estaba en ese momento, pero 
su brazo me sujetó con fuerza obligándome a sentar de nuevo.
 
 Me quedé sorprendida, pero raramente impaciente…esa seria la primera vez que me saltase la relación ética 
entre terapeuta y paciente.

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