El secreto de la felicidad


Uno de los pilares del liberalismo se sustenta en que para maximizar el bienestar hay que maximizar la libertad individual. Y que para maximizar la libertad individual, tenemos que contar con una selección de productos lo más amplia posible de entre los que escoger. Barry Schwartz, conocido psicólogo americano, arremete contra ese principio del liberalismo y defiende justamente lo contrario: que cuanto más amplia es la selección de bienes a nuestra disposición, peor nos va. Según Schwartz el exceso de productos a la venta produce, por un lado, parálisis y, por el otro, frustración.

Por ejemplo, cualquier supermercado tiene a la venta decenas y decenas de salsas de diferentes colores y sabores para condimentar nuestras ensaladas. Explica Schwartz que si lo que buscamos es un equipo de música, cualquier tienda especializada yanqui que se precie pondrá a nuestra disposición 6,5 millones de combinaciones posibles (altavoces, amplificadores, reproductores, etc.). Seleccionar uno, puede suponer una tarea hercúlea para un mortal medio.

En un estudio con otros investigadores, Sheena Iyengar, profesora de la Columbia Business School, demuestra que incluso cuando se trata de decisiones transcendentales, la abrumadora variedad de productos entre los que escoger nos conduce al inmovilismo. Iyengar analizó las suscripciones a planes de pensiones de alrededor de 900.000 trabajadores estadounidenses. Su conclusión fue que por cada 10 nuevos planes que las empresas ponen a disposición de sus trabajadores, se reduce cerca de un 2% el nivel de participación en los mismos, es decir, que un gran número de trabajadores optan por no suscribir ningún plan de pensiones. Los investigadores lo atribuyen a que conforme aumenta el número de productos a nuestra disposición, tendemos a posponer nuestras decisiones de compra o inversión, y dejarlas para mañana. Y mañana, como apunta Schwartz, a veces nunca llega. Lo triste del caso es que los paralizados trabajadores del estudio le están haciendo ascos al caballo regalado, ya que por lo general por cada dólar que aporta el trabajador la empresa le regala otro.

¿Y de quién es la culpa de nuestras frustraciones? Cornudos y apaleados: nuestra. Al contar con un surtido tan amplio a nuestra disposición, pensamos que acabaremos seleccionando el “producto perfecto”. Pero no es difícil imaginar que siempre habrá un producto mejor que el que escogimos. Y es que la insatisfacción no deriva tanto de que no sea el producto ideal, sino de que estaba en nuestras manos escoger el producto perfecto y no fuimos capaces. ¡Nosotros somos los culpables! Antaño, cuando teníamos menos de entre lo que escoger, la culpa era siempre de un tercero: del fabricante, del mercado autárquico, del gobierno, o de quien fuese. Convendréis con este escribiente que “yo no he sido, ha sido ése” es uno de los deportes más típicamente celtíberos. Y ahora ya no podemos practicarlo.

¿Cómo reducimos pues nuestra frustración y cómo aumentamos nuestro nivel de felicidad? Schwartz propone que rebajemos nuestras expectativas, que nos concienciemos de que no existe o de que no encontraremos el producto perfecto, y así evitaremos llevarnos la gran decepción. Un servidor añadiría que para aumentar nuestro nivel felicidad tendríamos que contratar asesores para que nos ayuden en la toma de decisiones en cualquier ámbito de nuestras vidas. Y es que el verdadero beneficio de contar con un asesor no es tanto que sea un crac que nos vaya a procurar el preciado grial, el verdadero beneficio que proporciona un asesor es que cuando las cosas vayan mal dadas, siempre tendremos a alguien a quien endiñarle el marrón y podernos quedar tan panchos al son de “yo no he sido”.


Feliz mes de marzo,

Óscar Ramírez

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1 comentari :

  1. Espectacular, com sempre!

    És cert al 100%, qui tingués diners per tenir un assessor per tot!

    Fa temps que m'he adonat que masses opcions estressen, sobretot si tens una dona que sempre les vol re-mirar totes ;-)

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